“El Diablo viste a la moda 2” se ha convertido en una verdadera pasión de multitudes. En la Argentina fue estrenada el 30 de abril y 15 días después, el 13 de mayo, ya había superado el millón de espectadores. A nivel internacional, la comedia que volvió a reunir a Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci recaudó, durante su primera semana, 230 millones de dólares, duplicando holgadamente el presupuesto de rodaje (estimado en unos 100 millones de dólares) y alcanzando en siete días la cifra que reportó hace 20 años la película original.

La soberbia, los desplantes, los caprichos y el despotismo de Miranda Priestly (Streep), la egocéntrica jefa de la redacción de la revista “Runway”, siguen siendo elementos identitarios de esta franquicia (los que atesoran esos “momentos” son legión). Pero la encrucijada que enfrenta el periodismo tradicional en tiempos de pantallas es la más consistente de las subtramas del filme. De hecho, vertebra el inicio de la historia, el conflicto que anuda a los protagonistas, y el final que resuelve los enredos.

Dos situaciones conflictivas separadas confluyen para volver a reunir a las protagonistas. Por un lado aparece el traspié de Andrea “Andy” Sachs (Hathaway). Ella persiguió su sueño de convertirse en reportera (en la primera parte consigue el atormentado puesto de “segunda ayudante” de Miranda) y lo alcanza. Ahora es una consagrada periodista que, durante una gala de entrega de premios, se entera por un mensaje de texto en el teléfono celular que ella y su equipo periodístico han sido despedidos. Son la variable de ajuste de un recorte presupuestario, decidido por un empresario que sólo quiere ganar más dinero. Ella, en el discurso que brinda al recibir un galardón, reniega de los ejecutivos que, en lugar de valorar las buenas historias, sólo persiguen el interés pecuniario.

Por otro lado emerge una crisis para Miranda. Ella autorizó la publicación de un elogioso artículo sobre una marca que explota a los trabajadores que emplea como mano de obra. La situación se convierte en un escándalo mediático que amenaza con provocar una estampida de anunciantes. Y, como se encargará de clarificar Nigel Kipling (Tucci), el director de Arte de “Runway”, la revista ya no existe como era, sino que ha mutado. Si bien sigue siendo una publicación impresa, también ha experimentado una transición digital. Todavía hay quienes la “hojean” en papel, pero la publicación ahora, sobre todo, se “descarga”. Y se la “consume” en teléfonos celulares. Como consecuencia de ello, ya no hay presupuesto para grandes producciones periodísticas. En cambio, abundan los contenidos “livianos”, baratos y sensacionalistas, como “anzuelos” (“clickbait”) para pescar lectores.

Este barquinazo editorial es un cimbronazo para Miranda, quien espera ser ascendida a directora de contenidos de toda la editorial Elias-Clarke, el sello que publica “Runway” entre otros productos. Al dueño de la firma, Irv Ravitz (Tibor Feldman), y su hijo Jay (BJ Novak), les llamó la atención el discurso de “Andy” y coinciden en una decisión trascendente: la manera de salvar el prestigio de “Runway” es con periodismo de calidad. Así que contratan a la desempleada reportera para que sea la nueva editora de reportajes, a despecho de Miranda. Ella, sin margen de maniobra para oponerse, vaticina el seguro fracaso de su tarea.

La profecía casi se cumple. “Andy” publica numerosos artículos de calidad. Comenzando por el pedido de disculpas públicas por el “desliz”. Sin embargo, tanto Miranda como los dueños de Elias-Clarke reparan en que los textos no tienen muchos lectores. Cuando todo parece a punto de naufragar, la periodista consigue el “santo grial” de las entrevistas: una exclusiva con Sasha Barnes (Lucy Liu), la ahora ex esposa de un megamillonario desarrollador de software de Silicon Valley. La reservada mujer, ahora dueña de una fortuna, decide “romper el silencio” y darle la nota a “Andy” porque ha leído artículos suyos y valora la seriedad y el profesionalismo de su trabajo.

Ahora bien: aunque los lectores son valorados, no son lo más importante en “Runway”. En el nuevo ecosistema editorial, los únicos privilegiados son los anunciantes. Así que una de las primeras tareas de “Andy” es acompañar a Miranda a “seducir” y retener a Dior para que siga publicitando. Al frente de la gran marca de la moda se encuentra Emily Charlton (Blunt), la antigua “primera asistente” de Miranda, que aprovecha la debilidad de “Runway” para negociar un artículo que publicite la apertura de un nuevo local. La propia Emily será la entrevistada así que, en realidad, termina siendo una publicación promocional de ella misma.

Todo parece encaminarse. Miranda organiza un fin de semana en su casa en la exclusiva zona costera de los Hamptons y la flamante editora de reportajes es una de las invitadas. Irv confirma que le dará a la jefa de la redacción el anhelado ascenso, anuncio que oficiará en la fiesta de su cumpleaños número 75. Pero un ataque al corazón lo fulmina en pleno festejo antes de que pueda hacer pública la noticia. Al frente de Elias-Clarke asumirá Jay, quien se comporta como un verdadero tecnócrata. Ajeno a todo sentimentalismo, contrata un equipo de consultores externos.

En adelante, toda su vinculación con “Runway” se traduce en parámetros mensurables: “piso” de costos, “techo” de facturación, márgenes de ganancia. El ajuste es impiadoso: menos presupuesto para todo. Es decir, para reportajes, para viáticos, para movilidad (venden el auto de la empresa que usaba Miranda) y para viajes (los vuelos, en clase turista). El achique, inclusive, alcanza a la gran fiesta anual de la revista: la “Semana de la Moda” en Milán: ni siquiera hay presupuesto para la música. La solución, en manos de Nygel, es una de las sorpresas de la película.

Frente a tantas restricciones, que incluyen la indefinida suspensión en torno del prometido ascenso de Miranda, “Andy” idea un plan. Emily está ahora en pareja con Benji Barnes, el megamillonario de Silicon Valley, y lo convencen para que le compre “Runway” a Jay. La editora de reportajes impulsa esta idea con la intención de salvar la revista y, sobre todo, la posición de Miranda. Benji accede, pero cuando le revelan lo conseguido a Miranda, ella desengaña a “Andy”: a pesar de sus buenas intenciones, Emily quiere que su novio compre la revista para ser ella quien termine dirigiéndola.

Cuando Emily confirma que esa es su intención parece que el mundo se vendrá abajo. Miranda decide aceptar la derrota con hidalguía. Pero aún no ha escuchado lo peor. Benji busca comprar la revista como quien adquiere un juguete para contentar a Emily (de hecho, accede a que en el primer número de la “nueva” edición, ella sea el personaje de tapa). Y no tiene el menor interés por la calidad del contenido. Sostiene que hay que confiarle el rumbo de la publicación a la inteligencia artificial porque todo en el mundo está yendo en esa dirección. Inclusive, ensaya un discurso referido a que el futuro ya ha alcanzado el presente, pero que hay muchas personas que aun no se han enterado de ello y siguen viviendo en el pasado.

Finalmente, será el periodismo el que se encargue de salvar a las protagonistas. Y también al periodismo. Miranda, movilizada por el idealismo de “Andy”, decidirá no rendirse. Y juntas darán un golpe de timón: conseguirán otro comprador ya no para “Runway” sino para toda la editorial Elias-Clare. En rigor, una compradora: nadie menos que Sasha Barnes. Ella no sólo le birlará el negocio a su ex marido, sino que además le dará a Miranda el ascenso que ella tanto esperaba. Y Priestly, a su vez, le dará a “Andy” una oficina más grande…

Durante dos horas de idas y vueltas argumentales, y un ir y venir de ropa de diseñadores (conocidos y por descubrir), la película más taquillera en lo que va del año, cuanto menos en la Argentina, pone sobre el tapete un debate que atraviesa todas las redacciones de los medios tradicionales. Una discusión que pone en tensión a generaciones de lectores, pero también a generaciones de periodistas. ¿A qué debe dársele preponderancia? ¿A lo importante o a lo llamativo? ¿Calidad o cantidad? ¿Profundidad o rating? ¿Vale más lo que divierte (de verter por diferentes vías) o lo que se disfruta (de dar frutos)? Claro que el sueño de todo editor es el fallo salomónico de combinar contenidos que contengan todo ese abanico de posibilidades. Pero los recursos materiales son finitos y, como lo expone la película, el número de páginas de “Runway” no es infinito. Así que a la hora de escoger un contenido y desechar otro, ¿cuál será el criterio? En definitiva, para ponerlo en términos del taquillero largometraje: ¿prestigio o rentabilidad?

En la primera entrega, de “El diablo viste a la moda”, el desafío era sobrevivir a Miranda Priestly. Eran los tiempos de los editores “todopoderosos”. Luego de 20 años, el reto ahora es sobrevivir a la Inteligencia Artificial. Editores incluidos…

Por Álvaro José Aurane - Para LA GACETA